Algunas corporaciones intentan reducir las regulaciones ambientales para salir de la crisis

JUN 2020

El confinamiento que ha vivido gran parte de la población mundial, impuesto por la lucha contra la pandemia, y la consiguiente paralización de la actividad productiva de vastos sectores, ha provocado una experiencia insólita y enriquecedora: la comprobación a escala planetaria de los beneficios ambientales de semejante ‘silencio fabril’.

Cielos más limpios, menos contaminación, una sorprendente reducción de gases contaminantes de efecto invernadero –que podría aproximarse al 30% global, es decir, unas 10.000 mega-toneladas de CO2– y animales salvajes recuperando espacios y aventurándose por las calles de ciudades desiertas.

Pero las buenas noticias se terminan allí, en la comprobación de las ventajas del ‘silencio fabril’. La pandemia ha generado también efectos negativos: en EEUU algunas ciudades detuvieron programas de reciclaje; la industria aprovechó para revocar las prohibiciones de bolsas desechables y volver a empaques de un solo uso; los desechos médicos contaminantes se multiplicaron por cuatro.

La intensidad de la pandemia multiplicó los desechos médicos.

La gran pregunta del momento es ¿cómo enfrentaremos el retorno a la plena actividad? ¿Cómo hacer para que la  recuperación de la economía no vuelva a afectar la naturaleza?

Tras la pandemia

Mientras recorremos la mitad del camino que nos impuso la pandemia de Covid-19, la preocupación que asoma en el horizonte pone el foco en cómo saldremos, una vez superada la crisis actual. Los impactos sobre la economía global, sobre la mayoría de los sectores y sobre las cuentas de los hogares han sido severos y es necesario pensar cómo encarar la recuperación económica.

Pero es necesario advertir que los depredadores del Planeta no descansan. Algunas corporaciones están presionando a los gobiernos para flexibilizar las regulaciones ambientales como forma de salir de la crisis. Con el pretexto del coronavirus el gobierno de Trump –respondiendo al pedido del poderoso lobby petrolero– autorizó a través de la Agencia de Protección Medioambiental (EPA) una “flexibilización” indefinida y retroactiva de todas las normas y controles ambientales a las industrias, lo que incluyó hasta las emisiones de los automotores.

Otros países se están planteando avanzar en el mismo sentido. La Unión Europea está bajo presión para suspender iniciativas climáticas trascendentales. La República Checa reclama que se desista del decisivo proyecto de ley sobre el clima. Polonia que se difiera un programa de comercio de carbono. Las grandes compañías aéreas piden que posterguen las políticas de reducción de emisiones.

Por su parte, China ha anunciado que extiende los plazos para que sus empresas puedan adecuarse a las normas ambientales y a su vez, el brote de coronavirus podría provocar demoras en la producción de las instalaciones de turbinas eólicas y paneles solares de China, que es quien abastece la mayoría de los proyectos en curso en distintas regiones del mundo.

Pese al confinamiento generalizado y la parálisis económica global, en algunas regiones y países, la destrucción de los recursos ha mantenido y acrecentado su ritmo. Un triste ejemplo de ello ha sido Brasil bajo la conducción de Jair Bolsonaro, otro exponente de la necedad (Ver Más Azul, “Oyendo a los necios” n° 2, 3 y 4). A mediados del pasado mes de mayo se conocieron datos proporcionados por el Instituto Nacional de Pesquisas Espaciales (INPE) de ese país, que revelan que la deforestación en la Amazonía brasileña aumentó 63,75% en el mes de abril, respecto al mismo período del año anterior.

El INPE advirtió que en medio de la pandemia, entre enero y abril de 2020, fueron taladas 1.202 kilómetros de selva, lo que equivale a una superficie casi similar a la de una gigantesca ciudad como Río de Janeiro. La información del sistema de monitorización fue obtenida por el satélite del organismo.

Debe recordarse que sólo en 2019, los incendios contribuyeron a la pérdida de 10.123 kilómetros cuadrados del Amazonas brasileño, cuyas imágenes devorando el bosque tropical, provocaron una ola de indignación en la comunidad internacional ante la posición antiambientalista del presidente Bolsonaro.

La deforestación del Amazonas continúa en Brasil pese al confinamiento total.

Lo sorprendente es que el aumento de la deforestación en el Amazonas se produce en medio de la cuarentena por el Covid-19, con medidas de aislamiento social que, en algunos casos, alcanzan el confinamiento total, lo que claramente ha sido violado por los taladores y no controlado por las autoridades. El descontrol o la complicidad son especialmente preocupantes ante la proximidad del período de incendios de mayo-junio.

LAS OTRAS VICTIMAS DEL CORONAVIRUS

Cuando las medidas de confinamiento hayan llegado a su fin y volvamos a la plena actividad, ¿qué ocurrirá? ¿Volveremos al vértigo de la contaminación y los gases de efecto invernadero acelerando el calentamiento global, poniendo en riesgo nuestra supervivencia? ¿Habremos aprendido algo de la pandemia Covid19?

Daniel Wilkinson, director adjunto de la división de las Américas de Human Rights Watch (HRW) y Luciana Téllez Chávez, investigadora de la División de Medio Ambiente de HRW, publicaron en abril pasado, en Foreign Policy In Focus, un interesante artículo sobre ese posible retorno: “Tras la crisis financiera mundial de 2008, las emisiones globales de CO2 provenientes de la combustión de combustibles fósiles y de la producción de cemento se redujeron inicialmente en un 1,4 %, para luego aumentar un 5,9 % en 2010. Y esta vez, la crisis podría tener un mayor impacto a largo plazo sobre el medioambiente –con un costo mucho mayor para la salud humana, la seguridad y la vida– si logra descarrilar las iniciativas globales para abordar el cambio climático”.

Tal como señaló el secretario general de la ONU António Guterres (Ver Más Azul n° 7, abril20, “Los impactos del cambio climático son más graves que el coronavirus”) “éste debía ser un ‘año decisivo’ para las iniciativas contra el cambio climático”. En Glasgow en noviembre, 196 países debían presentar sus planes más ambiciosos para cumplir con las metas del Acuerdo de París de 2015. Pero la Cumbre fue postergada hasta 2021 por la pandemia.

Como indican los funcionarios de HRW “Esta fue apenas la última señal de que, entre las víctimas del COVID-19, también podrían contarse las iniciativas globales contra el cambio climático. Otras reuniones internacionales vinculadas con el clima –sobre la biodiversidad y los océanos– también se han visto alteradas. Aunque la necesidad de movilizar a los gobiernos para que adopten medidas para mitigar el calentamiento global nunca ha sido más urgente, en esta coyuntura se agrega la dificultad de no poder reunir a los líderes mundiales para abordar la cuestión”.

A ello se suma que la crisis económica desatada por el coronavirus pone en jaque el financiamiento de las iniciativas locales dirigidas a afrontar los desafíos del cambio climático.

La voz  de los expertos

Analizar la salida de la dura experiencia de la pandemia es a lo que están abocados buena parte de los  expertos de todo el mundo. Haber logrado por la paralización de la actividad global, que en abril los niveles de contaminación fueran los más bajos de los últimos 30 años, es solo la demostración de que es posible alcanzar las metas, pero poco más.

Ahora se trata de establecer las directrices a seguir en materia ambiental para preservar la biodiversidad. Los científicos coinciden en la respuesta central: irremediablemente la solución pasa por la necesidad de proteger la naturaleza y la biodiversidad. Es nuestro mejor remedio, nuestra mejor vacuna para enfrentar el futuro.

“La biodiversidad es la variedad de la vida en la Tierra en todas sus formas. Es el recurso clave del que dependen todas las comunidades y las generaciones futuras, la base de la salud del planeta”. Es lo que plantea un estudio realizado por ARUP, una consultora británica, especializada en sostenibilidad, con representación en casi 40 países y más de 15.000 expertos en todo el mundo.

“Las acciones humanas están originando un catastrófico proceso de pérdida de la biodiversidad, que está poniendo en peligro el suministro de alimentos, el agua potable, los sistemas de energía, la economía y los medios de vida de miles de millones de personas en todo el mundo”, alertan en ARUP.

Es urgente detener tanto el cambio climático como la pérdida de biodiversidad .

En el documento Biodiversity & Natural Resources Horizon Scan, analiza las cuestiones ambientales claves para enfrentar la salida de la pandemia en materia de hábitat, biodiversidad, agricultura y recursos, contaminación y crisis climática.

El objetivo de ARUP es plantear una reflexión hacia una conciencia profunda de la necesidad de un cambio de mentalidad a partir de la experiencia que estamos viviendo: “El progreso hacia el logro de los ODS depende de la conservación de la biodiversidad y la reducción del cambio climático. Para cumplir con la Agenda 2030 es urgente detener tanto el cambio climático como la pérdida de biodiversidad, claves de las que dependen todas las comunidades del mundo y las generaciones futuras, ya que protegen la salud del Planeta”, explican desde ARUP.

El mejor antiviral tras la pandemia de COVID-19 es un medioambiente sano. Los planteamientos de flexibilizar los marcos jurídicos y los controles ambientales para salir de la crisis y recuperar la economía son falsos y buscan perpetuar un modelo que nos ha traído hasta aquí. No detenerlo es asegurarnos un horizonte de nuevas pandemias aún más graves y generar un cambio climático sin retorno.

La preocupación de la ciudadanía

Varias organizaciones ambientales están dando voz a una ciudadanía cada vez más conciente de la gravedad de los niveles de deterioro planetario. En América Latina, BirdLife International, Fundación EcoCiencia, Fundación Futuro Latinoamericano, The Nature Conservancy, Conservación Internacional Ecuador, Wildlife Conservation Society (WCs), WWF-Ecuador y Yolanda Kakabadse, ex ministra de Ambiente de ese país, plantearon el pasado 4 de mayo, en una carta al gobierno de Ecuador, la necesidad de un modelo de “recuperación de la economía que no afecte la naturaleza”.

El documento busca reafirmar los compromisos adquiridos en el Pacto de Leticia, firmado por los países amazónicos (Bolivia, Brasil, Colombia, Ecuador, Guyana, Perú y Surinam) tras los devastadores incendios de 2019.

El motivo de haber presentado esa carta ante el gobierno de Ecuador se debe a que este país acaba de proponer el desarrollo de una agenda ambiental entre los países firmantes, para enfrentar el escenario que surja tras el Covid-19.

La agenda regional podría ser construida por Colombia, Perú, Bolivia, Ecuador, Brasil, Surinam y Guyana, países que firmaron el pacto. Se enfocaría en la “reactivación productiva sostenible y el fomento de la bioeconomía”, según información oficial del Ministerio de Ambiente ecuatoriano.

Se trata de una estrategia audaz para impulsar el desarrollo económico sustentable en la Amazonía, en la que están involucrados tanto el Presidente Lenín Moreno, el ex ministro del área, Juan DeHowitt –que a fines de abril asumiera la cartera de Inteligencia estratégica– y el actual ministro Paulo Arturo Proaño Andrade, con experiencia en soluciones de agua potable, implementación de sistemas de cultivo orgánico y programas de forestación y reforestación.

Una agenda de este tipo, según las autoridades, sería una herramienta innovadora que otorgaría metas específicas para los países de la región y, sobre todo, una oportunidad para mantener viva la Amazonía.

“La Amazonía juega un rol fundamental en el mundo”- PhD Martha Isabel Gómez

Para DeHowitt, esta pandemia es un “llamado de atención” que debe replantear la importancia que la región le otorgue al cambio climático, a la protección del ambiente y a la conservación de las áreas protegidas en un escenario post Covid-19.

Las organizaciones ambientales recuerdan la relación directa que existe entre una sociedad sana y la salud del Planeta y por tanto, la necesidad de “repensar un modelo de desarrollo más sostenible”.

Martha Isabel Gómez, PhD en Estudios Políticos e investigadora de la Universidad Externado de Colombia, esta iniciativa ecuatoriana permitiría dinamizar el Pacto de Leticia y promover la integración regional, haciendo foco en la importancia estratégica global de la selva tropical: “La Amazonía juega un rol fundamental en el mundo y se puede presentar un punto de inflexión en el sistema climático en el cual el ecosistema pase de ser la selva tropical más grande del mundo a una sabana”.

Las organizaciones ambientales ponen en consideración del Ejecutivo ecuatoriano todo su apoyo, a fin de conservar la biodiversidad del país y promover el uso responsable de los recursos naturales  estratégicos para el Ecuador y la región.

Y formulan varias advertencias para reflexionar: 1. preocupación por los planteamientos de algunos sectores económicos, de flexibilizar los marcos jurídicos ambientales para salir de la crisis; 2. la deforestación, contaminación, tráfico de vida silvestre, sobre explotación de la biodiversidad, entre otros, contribuyen a generar condiciones sanitarias adversas para el ser humano; 3. relación entre las pandemias, la destrucción de la naturaleza, y la salud humana. Las alteraciones en los hábitats de millones de especies (incluidos virus) posibilita la mutación y la búsqueda de nuevos anfitriones; 4. La necesaria cooperación entre Estado, sector privado, sociedad civil y academia, a fin de restablecer la economía cumpliendo con los compromisos de protección de los ecosistemas y sus especies; 5. reconocer que los servicios que brinda la naturaleza son fundamentales.

Los científicos han demostrado la interrelación entre el cambio climático, la pérdida de biodiversidad y el bienestar humano y alertan que es indiscutible que Planeta y salud humana son cuestiones inseparables”.

Como explica Luis Suárez, biólogo y coordinador de Conservación de WWF España y coautor de “Pérdida de naturaleza y pandemias”: “la pérdida de biodiversidad facilita, cada vez más, la transmisión y propagación de patógenos procedentes de especies animales, como es el caso de la COVID-19… No conocemos su origen exacto, pero sí sabemos que se trata de una zoonosis, una enfermedad que salta de especies animales a humanos”.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) calcula que más del 70% de las patologías que han afectado al ser humano en los últimos 40 años han sido transmitidas por animales salvajes a los que los humanos les hemos alterado o destruido sus hábitats naturales. Cuando destruimos un bosque o una selva, estamos alterando complejas cadenas de relaciones existentes entre aquellos distintos animales y seres vivos que mantienen esos virus y patógenos controlados.

Su destrucción está incrementando las zoonosis con rapidez. A menor biodiversidad, mayor es la capacidad de propagación de patógenos.

Por eso, tras la crisis sanitaria que vivimos, Suarez aconseja que entendamos dos cosas: que “un Planeta sano es nuestro mejor antivirus” y que la crisis social y económica que nos dejará como secuela es también “la oportunidad de hacer mejor las cosas”.